
Punto de vista
La receta de las sobras
El opinador profesional
2026-09-21
Terminadas las Fiestas Patrias, cuando todavía quedan en las calles algunos vestigios de banderas, fondas desmontadas y uno que otro chileno tratando de recuperarse de los excesos de septiembre, el Gobierno nos ha dejado un regalo bastante particular: un recetario para enseñarnos qué hacer con las sobras del 18. El Ministerio del Medio Ambiente, junto a Inacap, elaboró cinco recetas para transformar los restos de las celebraciones en nuevos platos: ajiaco de carne asada, salpicón de pollo, arroz meloso de anticuchos, tortilla con chorizo y papas fritas y un colegial con dulces chilenos. La ministra Francisca Toledo explicó que aprovechar lo que sobra es una acción simple al alcance de todas las familias y que permite reducir el desperdicio de alimentos y los residuos.
Hasta ahí, todo parece razonable. Nadie podría seriamente oponerse a evitar el desperdicio de alimentos. Aprovechar lo que queda, reciclar, reutilizar y cuidar el medioambiente son objetivos perfectamente legítimos. El problema aparece cuando uno deja de mirar la receta y empieza a mirar el país en el que esa receta se presenta.
Porque Chile no necesita que un ministerio le descubra a sus familias que la comida puede reutilizarse. Las familias chilenas, particularmente las de los sectores populares, llevan generaciones haciéndolo. Saben perfectamente que el pollo del domingo puede convertirse en una ensalada el lunes, que la carne puede terminar en un ajiaco, que el pan duro sirve para innumerables preparaciones y que en una casa donde el dinero escasea la comida no se tira alegremente a la basura. Eso no es una novedad ambiental. Es cultura, experiencia y, demasiadas veces, necesidad.
Por eso resulta difícil no sentir cierta indignación cuando, desde las alturas del poder, se presenta como una moderna política pública aquello que millones de chilenos han aprendido desde niños porque sencillamente no pueden darse el lujo de desperdiciar.
Y aquí aparece algo mucho más profundo que un recetario.
Aparece una manera de entender la sociedad.
Porque este Gobierno, como buena parte de la derecha chilena, parece tener una especial habilidad para convertir problemas sociales en problemas de conducta individual. Si la plata no alcanza, hay que aprender a administrarla. Si los alimentos están caros, hay que comprar mejor. Si sobra comida, hay que reutilizarla. Si se contamina, hay que reciclar. Si hay dificultades económicas, hay que emprender. Si el empleo es precario, hay que capacitarse. Para cada problema estructural aparece una pequeña receta individual.
Y así, poco a poco, la responsabilidad cambia de lugar. Deja de estar en las condiciones económicas y sociales que determinan la vida de las personas y termina depositada sobre los hombros de cada individuo.
No es nueva esta manera de hacer política.
Basta recordar a Joaquín Lavín. En abril de 2013, cuando era ministro de Desarrollo Social del primer Gobierno de Sebastián Piñera, lanzó el recetario “Recetas para Ahorrar y Saborear a la Chilena”, destinado a que familias vulnerables pudieran preparar comidas para cuatro personas por menos de $2.000. El propio Lavín explicó entonces que habían investigado cuánto gastaban las familias más vulnerables y que el desafío entregado a tres chefs consistía en conseguir comidas chilenas, sanas y económicas por debajo de ese monto. El recetario sería distribuido a unas 10 mil familias.
El episodio generó críticas. Expertos cuestionaron incluso el aporte nutricional de algunas preparaciones y señalaron su bajo contenido proteico. Pero más allá de aquella controversia puntual, lo verdaderamente interesante es que, trece años después, volvamos a encontrarnos con una escena que parece sacada del mismo libreto.
Antes fueron recetas para que los pobres aprendieran a comer con dos mil pesos.
Ahora son recetas para que aprendan a aprovechar las sobras.
Cambió la receta, pero permanece la pregunta: ¿por qué la política dirigida a quienes tienen menos termina tantas veces enseñándoles a arreglárselas mejor con menos?
Ese es el asunto que debería incomodarnos.
Porque una cosa es enseñar a aprovechar los alimentos y otra muy distinta es construir una política social alrededor de la adaptación permanente a la escasez. Una cosa es promover hábitos responsables y otra es transformar la precariedad en una virtud que los ciudadanos deben aprender a administrar.
El problema no es el ajiaco.
El problema es que el ajiaco aparezca como respuesta mientras quedan fuera de la conversación las condiciones que hacen que para millones de personas comer bien, llegar a fin de mes y vivir con tranquilidad sea cada vez más difícil.
La derecha tiene una larga tradición en esta materia. Su discurso suele convertir la responsabilidad individual en una suerte de llave maestra capaz de abrir todas las puertas. El ciudadano debe esforzarse, ahorrar, emprender, consumir responsablemente, administrar sus recursos y resolver sus problemas. El Estado, mientras tanto, aparece como un facilitador que entrega herramientas para que cada cual pueda arreglárselas.
Es una concepción extraordinariamente conveniente.
Porque si la pobreza es consecuencia de una mala administración personal, no hay que preguntarse demasiado por la distribución de la riqueza. Si una familia no llega a fin de mes, podemos enseñarle a gastar menos. Si no puede comprar determinados alimentos, podemos enseñarle recetas económicas. Si quedan sobras, podemos enseñarle a reutilizarlas.
Y así desaparece del cuadro la pregunta verdaderamente incómoda: ¿por qué algunos tienen tanto que les sobra y otros tienen tan poco que deben aprender permanentemente a arreglárselas con lo que queda?
Esa pregunta no aparece en el recetario.
Tampoco aparece quién produce los alimentos, quién los comercializa, quién determina sus precios, cuánto reciben los trabajadores, cuánto pagan los consumidores y cuánto termina concentrándose en las distintas etapas de la cadena económica.
Es mucho más sencillo decirle a una familia: “No bote la comida”.
Mucho más difícil es preguntarse por qué una sociedad puede producir suficiente riqueza y, al mismo tiempo, mantener a millones de personas preocupadas por el precio de los alimentos.
Por eso el recetario del Ministerio del Medio Ambiente tiene un valor simbólico que va mucho más allá de sus cinco preparaciones. Es una pequeña fotografía de una determinada concepción del mundo.
Una concepción en la que el ciudadano debe adaptarse constantemente.
Adaptarse al precio.
Adaptarse al mercado.
Adaptarse al empleo.
Adaptarse a la incertidumbre.
Adaptarse a la falta de tiempo.
Adaptarse a la falta de recursos.
Y, ahora, adaptarse también a las sobras.
Todo muy sustentable.
Todo muy responsable.
Todo muy individual.
Casi dan ganas de pedir la segunda parte del recetario: “Cómo llegar a fin de mes con lo que quedó del sueldo”. Seguramente incluiría una sopa de optimismo, un salpicón de resignación y, como plato de fondo, un exquisito “arréglatelas como puedas”, acompañado de una generosa porción de responsabilidad individual.
La ironía sería divertida si no fuera porque detrás de ella existe una realidad bastante menos graciosa.
Porque no todos los chilenos celebran el 18 de la misma manera. Para algunos, las Fiestas Patrias significan abundancia, asados, reuniones familiares y mesas repletas. Para otros, significan hacer un esfuerzo adicional para que los hijos puedan tener siquiera un pequeño gusto dieciochero. Hay familias para las que las sobras son un problema porque efectivamente sobró demasiado. Y hay otras para las que la comida nunca sobra.
Esa diferencia es la que no puede desaparecer detrás de una receta.
El medioambiente importa. El desperdicio de alimentos importa. La reducción de residuos importa. Pero precisamente porque esos problemas son importantes, no podemos permitir que se conviertan en una excusa para trasladar sistemáticamente las responsabilidades desde las estructuras económicas hacia los individuos.
No puede ser que la solución siempre comience y termine con lo que debe hacer el ciudadano.
Que consuma menos.
Que recicle.
Que ahorre.
Que reutilice.
Que se adapte.
Mientras las grandes decisiones económicas, la concentración de la riqueza, las condiciones laborales y la distribución de los recursos quedan convertidas en asuntos demasiado complejos para el ciudadano común.
La política termina así transformada en un interminable manual de instrucciones para sobrevivir.
Y eso es profundamente injusto.
Porque una cosa es vivir con conciencia ambiental y otra muy distinta es confundir supervivencia con bienestar.
Una familia que aprovecha hasta el último alimento no necesariamente está viviendo de manera sustentable. Puede estar simplemente tratando de hacer rendir un presupuesto que no alcanza.
Una persona que compra barato no necesariamente está ejerciendo un consumo responsable. Puede estar comprando lo único que puede pagar.
Una familia que repara todo no necesariamente está abrazando una filosofía de economía circular. Puede no tener dinero para reemplazarlo.
Y una familia que convierte las sobras del 18 en el almuerzo del día siguiente no necesariamente necesita una campaña ministerial.
Puede necesitar un salario mejor.
Ahí está la diferencia que la política de derecha suele intentar borrar: no es lo mismo enseñar a las personas a vivir con menos que construir una sociedad donde necesiten menos sacrificios para vivir dignamente.
El caso Lavín debería servirnos como advertencia. Hace más de una década se intentó enfrentar la alimentación de las familias vulnerables desde la lógica de “cómo hacer más con menos”. Hoy aparece una nueva versión: “cómo aprovechar mejor lo que quedó”. No son iniciativas idénticas, ni tienen exactamente el mismo propósito. Pero ambas permiten reconocer una misma inclinación: poner el acento en la capacidad de las familias para administrar la escasez antes que en las condiciones sociales que producen esa escasez.
Y eso sí es profundamente político.
Porque una sociedad justa no debería conformarse con enseñar a los pobres a sobrevivir mejor.
Debería preguntarse por qué son pobres.
No debería limitarse a enseñar a las familias a gastar menos.
Debería preguntarse por qué sus ingresos no alcanzan.
No debería celebrar que las personas sean capaces de convertir las sobras en un nuevo plato.
Debería preguntarse por qué para tantos chilenos la vida cotidiana consiste precisamente en aprender a vivir con lo que queda.
Al final, quizás el gran problema del recetario no sean las recetas.
Quizás sea aquello que simboliza.
Porque mientras unos tienen la posibilidad de elegir qué poner sobre la mesa, otros tienen que aprender a aprovechar lo que quedó en ella.
Mientras unos discuten cuánto consumir, otros discuten qué pueden comprar.
Mientras unos desperdician, otros administran la escasez.
Y mientras el Gobierno nos enseña qué hacer con las sobras, Chile debería estar preguntándose algo mucho más serio:
¿Por qué tenemos una sociedad donde a tantos se les exige aprender a vivir con ellas?
Esa es la receta que realmente falta.
Una receta que no enseñe a los trabajadores a conformarse con menos, sino que permita que vivan con dignidad.
Una receta que no convierta la precariedad en virtud.
Una receta que no responsabilice al que tiene poco por tener poco.
Una receta, en definitiva, que no enseñe a los de abajo a administrar las sobras, sino que cambie las condiciones que hacen que unos tengan demasiado y otros deban conformarse con lo que queda.
Porque Chile no necesita aprender a cocinar las sobras.
Chile necesita dejar de conformarse con ellas.
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