La FIFA y el gran negocio del balón: cuando Marx entra a la cancha

Don Lalo
29-07-2026
"Los futbolistas ponen los goles; la FIFA pone la cuenta bancaria."
Cada Mundial vuelve a confirmar que el fútbol es mucho más que un deporte. Es la mayor industria del entretenimiento del planeta. Millones de personas modifican sus horarios para ver un partido, llenan estadios, compran camisetas y convierten una simple pelota en el centro de la conversación mundial. Sin embargo, cuando termina el campeonato, el verdadero vencedor casi nunca es quien levanta la copa.
Es la FIFA.
El Mundial de 2026 volvió a demostrarlo. Mientras las selecciones recibieron una parte relativamente pequeña de los ingresos, la FIFA acumuló cerca de 9 mil millones de dólares, repartiendo menos del diez por ciento entre quienes hicieron posible el espectáculo. España, campeona del mundo, obtuvo 50 millones de dólares. Argentina, subcampeona, 33 millones. Son cifras impresionantes, pero insignificantes frente a la riqueza total generada.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién produjo realmente esos nueve mil millones de dólares?
Karl Marx respondió esa pregunta hace más de ciento cincuenta años con un concepto que sigue plenamente vigente: el plusvalor. Según su análisis, los trabajadores crean un valor superior al que reciben como remuneración. Esa diferencia es apropiada por quien controla los medios mediante los cuales ese trabajo se transforma en riqueza.
El Mundial parece confirmar esa lógica.
Los futbolistas entrenan durante años, arriesgan lesiones, soportan una enorme presión y ofrecen el espectáculo que millones quieren ver. Junto a ellos trabajan entrenadores, árbitros, médicos, utileros, periodistas, camarógrafos, personal de seguridad y miles de personas más. Incluso los propios hinchas generan valor: sin audiencias masivas no existirían contratos televisivos multimillonarios, patrocinadores ni licencias comerciales.
En otras palabras, el espectáculo lo producen millones de personas.
Pero quien concentra la mayor parte de sus beneficios es una organización que no juega un solo minuto.
La FIFA no hace goles, no corre noventa minutos, no se lesiona ni pasa meses concentrada lejos de su familia. Su principal activo consiste en controlar los derechos comerciales del torneo. Es propietaria de la marca, administra las transmisiones, vende las licencias y negocia los contratos que convierten la pasión popular en una gigantesca fuente de ingresos.
Los defensores de este modelo responden que organizar un Mundial tiene costos enormes. Es cierto. Nadie discute que una competencia de esa magnitud requiera una institución internacional. Lo discutible es otra cosa: la extraordinaria concentración de riqueza que produce ese modelo.
Cuando quienes crean el espectáculo reciben una fracción de los ingresos y quien administra el negocio concentra casi todo el excedente, el debate deja de ser deportivo. Se transforma en una discusión sobre cómo funciona el capitalismo contemporáneo.
Porque el capitalismo ya no obtiene sus mayores ganancias únicamente fabricando mercancías. Hoy también las obtiene controlando marcas, licencias, plataformas y derechos exclusivos. La FIFA entendió hace tiempo que el verdadero negocio no consiste en jugar al fútbol, sino en ser dueña del Mundial.
Eso explica por qué el fútbol, nacido en barrios, poblaciones y plazas como una expresión profundamente popular, terminó convertido en una de las industrias más rentables del planeta.
Criticar esa realidad no significa atacar el fútbol. Todo lo contrario. Significa preguntarse por qué una riqueza creada colectivamente termina concentrándose en tan pocas manos.
La cuestión de fondo no es si la FIFA debe existir, sino qué papel debe cumplir. ¿Debe limitarse a coordinar el fútbol mundial o puede seguir apropiándose de una parte tan desproporcionada del valor generado por millones de trabajadores y aficionados?
Son preguntas legítimas, especialmente cuando el propio discurso oficial habla de solidaridad, desarrollo e inclusión.
Quizá haya llegado el momento de discutir un modelo distinto, donde una mayor parte de los recursos fortalezca a las federaciones, al fútbol formativo, a los clubes que desarrollan talento y a quienes sostienen cotidianamente este deporte.
Porque el problema no es que la FIFA gane dinero el problema es cómo lo gana, cuánto concentra y quién produce realmente esa riqueza.
Cuando se apagan las luces del estadio y el campeón levanta la copa, hay otro vencedor que nunca aparece en la fotografía oficial. No lleva camiseta, no marca goles ,no levanta trofeos. Simplemente cuenta los miles de millones que dejó el Mundial.
Y pocas imágenes explican mejor, en pleno siglo XXI, lo que Karl Marx entendía por plusvalor.
