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Semana 11 mayo

17-05-2026

El opinador profesional

La coyuntura política de las últimas dos semanas ha profundizado una tendencia que ya se venía observando desde la instalación del gobierno de José Antonio Kast: el despliegue acelerado de un proyecto de restauración conservadora, orientado a reconfigurar económica, política y culturalmente al Estado chileno en favor de los sectores empresariales dominantes, junto con un aumento sostenido de tensiones sociales derivadas de sus efectos materiales sobre las condiciones de vida de la población trabajadora y de sectores medios crecientemente precarizados. Sin embargo, el período reciente incorpora nuevos elementos que complejizan el escenario: una estabilización parcial del apoyo presidencial después de semanas de deterioro, dificultades persistentes en la implementación gubernamental, mayor conflictividad política y un entorno internacional crecientemente inestable, todo ello inscrito en una transformación más amplia del capitalismo global.


A nivel internacional, las últimas semanas han estado marcadas por una profundización de la incertidumbre económica, una intensificación de las disputas geopolíticas y una creciente competencia entre bloques de poder. La disputa estratégica entre Estados Unidos y China continúa reorganizando cadenas globales de suministro, particularmente en sectores vinculados a minerales críticos, inteligencia artificial, tecnología y energía, mientras conflictos regionales persistentes mantienen presiones sobre mercados, inversión y estabilidad política internacional. Las economías centrales enfrentan señales contradictorias: bajo crecimiento, inflación persistente y reestructuración productiva, elementos que configuran un escenario global particularmente desafiante para economías dependientes y periféricas como la chilena.

Desde una perspectiva marxista, este momento histórico puede interpretarse como una fase de reconfiguración de la hegemonía capitalista mundial. Las principales potencias no disputan solamente influencia diplomática, sino control sobre recursos estratégicos, cadenas de valor, capacidad tecnológica y mercados de consumo. La competencia intercapitalista se intensifica precisamente porque los márgenes de rentabilidad estructural del capital se estrechan, obligando a los grandes grupos económicos a buscar nuevas condiciones de acumulación: flexibilización laboral, reducción de impuestos corporativos, debilitamiento de regulaciones ambientales, expansión extractiva y privatización de bienes públicos. En este marco, los costos sociales de la crisis son sistemáticamente trasladados hacia trabajadores, sectores populares y capas medias endeudadas.


Chile aparece subordinadamente inserto en esta dinámica. Su condición de exportador de cobre, litio y otros recursos estratégicos lo transforma en un espacio relevante para la disputa global, pero al mismo tiempo altamente vulnerable a decisiones económicas tomadas fuera de sus fronteras. La orientación económica del gobierno de Kast —centrada en incentivos al gran empresariado, rebajas tributarias, flexibilización regulatoria y fortalecimiento de sectores extractivos— debe leerse como una expresión local de las exigencias del capital transnacional y financiero. Más que un proyecto puramente nacional, se trata de un intento por profundizar el patrón histórico de dependencia chilena, reforzando un Estado que actúa prioritariamente como garante de estabilidad para la inversión privada y no como instrumento de redistribución o ampliación de derechos sociales.


En el plano nacional, las últimas semanas han mostrado una contradicción central del gobierno: mientras conserva capacidad de iniciativa política y mantiene apoyo relevante en sectores específicos, comienza a enfrentar crecientes tensiones derivadas de los efectos concretos de sus políticas sobre la vida cotidiana. Algunas mediciones de opinión pública han mostrado una recuperación parcial de la aprobación presidencial luego de semanas de deterioro, aunque persistiendo niveles importantes de desaprobación y malestar respecto de economía, seguridad y gestión gubernamental. Esta aparente recuperación no debe interpretarse como consolidación hegemónica, sino como expresión de una disputa política aún abierta.


Desde una lectura gramsciana, Kast continúa disputando parte importante del sentido común social mediante una narrativa de restauración del orden, autoridad y disciplina frente al supuesto caos heredado. El discurso presidencial se ha estructurado sobre una lógica emocional y polarizante: orden versus desorden, autoridad versus permisividad, crecimiento versus decadencia. Este relato busca desplazar el eje central del conflicto político desde contradicciones materiales —desigualdad, endeudamiento, salarios insuficientes, concentración económica— hacia temas culturales y de seguridad: inmigración, delincuencia, identidad nacional y control territorial.

Uno de los elementos más relevantes de las últimas semanas ha sido precisamente la profundización de la agenda migratoria y de seguridad, convertida en uno de los pilares de legitimación política del Ejecutivo. El gobierno ha insistido en instalar la migración irregular como una amenaza central para el orden público, la seguridad ciudadana y el acceso a servicios sociales, justificando con ello nuevas medidas de control fronterizo, ampliación de atribuciones policiales, expulsiones administrativas más rápidas y restricciones de acceso a prestaciones estatales para personas migrantes en situación irregular.


Desde una mirada marxista, esta agenda cumple una doble función política. Por un lado, logra conectar con temores reales presentes en sectores populares y medios afectados por inseguridad, deterioro barrial, informalidad laboral y presión sobre servicios públicos. Pero, al mismo tiempo, funciona como un dispositivo ideológico que fragmenta potenciales solidaridades de clase, desplazando el conflicto social desde la contradicción entre capital -trabajo hacia antagonismos horizontales entre sectores subalternos: trabajadores nacionales versus migrantes. Así, mientras persisten aumentos en el costo de vida, precarización laboral y endeudamiento, el debate público se reorganiza alrededor de fronteras, criminalidad y pertenencia nacional.


No se trata de negar problemas reales asociados a procesos migratorios acelerados, especialmente en territorios con presión urbana significativa, sino de comprender cómo dichos fenómenos son instrumentalizados políticamente para reordenar prioridades sociales y legitimar mayores mecanismos de control estatal. En lugar de discutir la concentración económica, los bajos salarios o el acceso desigual a derechos sociales, la discusión pública es orientada hacia la competencia entre pobres y trabajadores precarizados.


En paralelo, el ámbito legislativo ha mostrado un endurecimiento significativo en materias de seguridad, orden público y fortalecimiento de atribuciones coercitivas del Estado. Durante las últimas semanas se ha acelerado la discusión de proyectos vinculados a endurecimiento penal, ampliación de hipótesis de flagrancia, expansión de capacidades policiales, flexibilización del uso de la fuerza y fortalecimiento de mecanismos de inteligencia preventiva. Para organizaciones de derechos humanos, movimientos sociales y sectores opositores, estas iniciativas representan riesgos importantes de arbitrariedad, abuso institucional y debilitamiento progresivo de garantías democráticas.


Desde una perspectiva marxista del Estado, este proceso puede interpretarse como una forma de criminalización del conflicto social. Cuando aumentan tensiones económicas y se debilita la legitimidad política, los Estados capitalistas suelen combinar construcción de consenso ideológico con fortalecimiento del aparato coercitivo. No necesariamente mediante rupturas formales con la democracia liberal, sino a través de un endurecimiento gradual: expansión de facultades policiales, normalización de estados de excepción simbólicos y ampliación preventiva de mecanismos de vigilancia y control.


Esta discusión adquiere una dimensión particularmente sensible en Chile debido a la memoria histórica de la dictadura civil-militar encabezada por Augusto Pinochet. Durante las últimas semanas, distintos actores sociales han advertido sobre discursos y decisiones administrativas interpretadas como relativización de violaciones a los derechos humanos o debilitamiento de políticas de memoria, verdad y reparación.


El gobierno también ha enfrentado signos de desgaste político. Kast ha debido intervenir reiteradamente para respaldar ministros cuestionados, actuando como sostén político frente a errores comunicacionales y controversias públicas. Esto ha dejado en evidencia limitaciones técnicas, dificultades de coordinación y tensiones entre sectores ideológicamente más duros del oficialismo y actores preocupados por moderar costos políticos.


Al mismo tiempo, el aumento de confrontaciones públicas, amenazas y polarización revela un deterioro del clima democrático. Desde una lectura materialista, esta conflictividad no debe entenderse solo como crisis discursiva, sino como expresión política de contradicciones estructurales más profundas: cuando se deterioran condiciones de vida, aumenta la inseguridad económica y se debilita la confianza institucional, los conflictos sociales tienden a adquirir formas más abiertas y confrontacionales.


En este escenario, el Partido Comunista de Chile ha intentado desarrollar una estrategia dual: oposición firme al contenido estructural del proyecto gubernamental y, simultáneamente, intervención institucional. Sus declaraciones recientes han caracterizado las reformas económicas del gobierno como regresivas, proempresariales y orientadas a profundizar desigualdades, mientras han denunciado riesgos autoritarios asociados al endurecimiento legislativo en seguridad y al uso político de la agenda migratoria. El partido ha insistido en vincular el deterioro de condiciones materiales —costo de vida, endeudamiento, precarización— con las prioridades económicas del Ejecutivo.


Sin embargo, el desafío político sigue siendo significativo. El oficialismo continúa capitalizando demandas por orden y seguridad, mientras la izquierda enfrenta la tarea de reconstruir un horizonte político capaz de conectar necesidades materiales inmediatas con una crítica estructural del modelo. La disputa central sigue siendo hegemónica: cómo organizar políticamente el malestar social.


A nivel comunal, Ñuñoa continúa funcionando como un espacio donde estas tensiones adquieren forma concreta. La administración de Sebastián Sichel ha mantenido una relación ambivalente con el gobierno central: cercanía en temas de seguridad y recuperación del espacio público, pero mayor autonomía en materias educativas y de gestión territorial. Durante las últimas semanas, el municipio ha intensificado políticas de iluminación, vigilancia, fiscalización y recuperación de espacios públicos, respondiendo a demandas vecinales vinculadas a seguridad.


Estas medidas muestran alineamientos parciales con la agenda nacional, aunque desde una lógica más tecnocrática que ideológica. No obstante, persisten tensiones respecto de autonomía municipal y decisiones centralizadas que afectan directamente la vida barrial. Para sectores medios profesionales presentes en Ñuñoa, la coyuntura se expresa en mayor incertidumbre económica, encarecimiento del costo de vida y preocupación respecto del futuro laboral y educacional.


En síntesis, la coyuntura actual muestra una disputa abierta por la hegemonía política, cultural y material del país. A nivel internacional, el capitalismo reorganiza sus condiciones de acumulación; a nivel nacional, el gobierno de Kast intenta implementar un proyecto de restauración conservadora mediante liberalización económica, fortalecimiento del control social y disputa ideológica del sentido común; y a nivel local, territorios como Ñuñoa se transforman en espacios concretos donde estas tensiones se vuelven visibles en la experiencia cotidiana. La disputa de fondo sigue siendo política e histórica: si el malestar social será organizado desde la lógica del orden, el disciplinamiento y el miedo, o desde una perspectiva centrada en derechos sociales, igualdad material y recomposición de solidaridades colectivas.

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