Semana 06 abril
15-04-2026
El opinador profesional
Han pasado quince días desde la última vez que anduvimos por aquí, la evolución de la coyuntura política en Chile bajo el gobierno de José Antonio Kast muestra una profundización —y aceleración— de las tendencias inicialmente observadas: consolidación de un programa económico pro-empresarial, endurecimiento del discurso político e ideológico, aumento de tensiones sociales y una rápida erosión del capital político del Ejecutivo.
En el plano económico, el hecho más relevante de las últimas semanas es la preparación y anuncio de una “megarreforma” legislativa, denominada por el propio gobierno como plan de “Reconstrucción Nacional”. Este paquete contempla cerca de 40 medidas, con un fuerte énfasis tributario, destacando la reducción del impuesto corporativo del 27% al 23%, incentivos a la repatriación de capitales y beneficios al sector inmobiliario, como la eliminación temporal del IVA en viviendas nuevas. Estas iniciativas son claramente una “reforma tributaria encubierta” orientada a favorecer a los sectores de mayores ingresos, en un contexto donde la ciudadanía —según encuestas— se inclina mayoritariamente por aumentar impuestos a las grandes empresas. Esta contradicción entre la dirección de la política económica y las preferencias sociales evidencia una creciente desconexión entre el gobierno y las mayorías.
En paralelo, se ha intensificado una política fiscal basada en el ajuste y la recaudación coercitiva. Un ejemplo claro es la ofensiva contra deudores del Crédito con Aval del Estado (CAE), donde el Estado ha impulsado acciones judiciales masivas, incluyendo amenazas de embargo, logrando un aumento significativo en la recaudación. Esta medida, si bien podría ser efectiva en términos fiscales, es sin duda una carga directa sobre sectores medios endeudados, reforzando un modelo que descarga el peso del ajuste sobre la población y no sobre el gran capital.
En el ámbito político, el gobierno ha intentado sostener la iniciativa mediante una estrategia de alta exposición mediática y múltiples anuncios, incluyendo proyectos simbólicos como la extensión de test antidrogas a autoridades públicas y medidas de transparencia en seguridad. Sin embargo, estas acciones han coexistido con una agenda más ideológica, marcada por propuestas controvertidas como indultos condenados por violaciones a los derechos humanos y políticas migratorias de corte restrictivo, incluyendo medidas físicas en la frontera norte. Esto refuerza la configuración de una “guerra cultural” que busca reordenar el debate político en torno a valores conservadores, seguridad y autoridad.
El efecto combinado de estas políticas ha sido un rápido deterioro en la aprobación presidencial. A poco más de un mes de gobierno, las encuestas muestran un aumento significativo en la desaprobación, superando el 50% en algunos sondeos, con caídas sostenidas en el respaldo ciudadano. Este fenómeno ha sido impulsado principalmente por el alza del costo de la vida —especialmente los combustibles— y por una percepción generalizada de incertidumbre económica. La denominada “luna de miel” gubernamental ha sido particularmente breve, dando paso a un escenario de tensión política temprana.
En el plano internacional, el gobierno chileno se ha alineado discursivamente con liderazgos de derecha global, estableciendo cercanía con figuras como Javier Milei en Argentina y referencias al eje conservador internacional. Este posicionamiento ocurre en un contexto geopolítico marcado por la disputa entre Estados Unidos y China por influencia en América Latina, lo que sitúa a Chile en una posición estratégica, particularmente por sus recursos minerales críticos. La orientación del gobierno sugiere una mayor apertura a capitales internacionales bajo condiciones de menor regulación, lo que podría profundizar la dependencia económica y extractiva del país.
Desde una perspectiva estructural, lo ocurrido en estos últimos quince días confirma una tendencia clara: el gobierno no solo mantiene, sino que acelera un proceso de reconfiguración del rol del Estado en favor del capital. La reducción de impuestos a empresas, la presión sobre deudores, la flexibilización laboral y la desregulación ambiental forman parte de una misma lógica: restaurar condiciones óptimas para la acumulación privada en un contexto de desaceleración económica. Este proceso se acompaña de un intento de recomposición ideológica, donde el orden, la seguridad y los valores conservadores operan como mecanismos de legitimación frente al malestar social.
Sin embargo, esta estrategia enfrenta una contradicción central: mientras busca fortalecer al capital, genera simultáneamente un deterioro en las condiciones materiales de amplios sectores de la población. El aumento del costo de la vida, la precarización laboral y el endeudamiento tensionan la reproducción cotidiana de la vida social, abriendo un escenario de conflictividad latente. La caída temprana en la aprobación del gobierno no es solo un fenómeno comunicacional, sino la expresión de esta contradicción estructural.
A mediano plazo, el escenario proyecta tres tendencias posibles. Primero, una profundización de las reformas pro-mercado, en la medida en que el gobierno logre sostener su base política en el Congreso. Segundo, un aumento de la conflictividad social, especialmente si las condiciones económicas continúan deteriorándose. Y tercero, una posible recomposición de las fuerzas opositoras, impulsada por el rechazo a medidas percibidas como regresivas.
En síntesis, los últimos quince días muestran un gobierno que avanza con rapidez en su programa, pero que al mismo tiempo enfrenta un desgaste acelerado. La tensión entre su proyecto político y las condiciones de vida de la población aparece como el eje central de la coyuntura, configurando un escenario abierto, dinámico y potencialmente inestable para los próximos meses.
En la escala local, la comuna de Ñuñoa se ha convertido en un espacio particularmente interesante para observar cómo se tensionan —y en algunos casos se reconfiguran— las políticas impulsadas por el gobierno central de Kast. A diferencia de un alineamiento automático, lo que se observa en las últimas semanas es una relación más compleja: coexistencia de coincidencias parciales en ciertas agendas (especialmente seguridad y orden), pero también resistencias, matices y adaptaciones propias del nivel municipal.
La administración comunal, encabezada por Sebastián Sichel, ha desarrollado una línea política que combina elementos de gestión tecnocrática, énfasis en eficiencia y una narrativa de autonomía local frente al Estado central. En este sentido, uno de los hechos más relevantes de los últimos días ha sido su postura frente a las políticas de seguridad escolar impulsadas desde el nivel central. Sichel ha planteado explícitamente que medidas como la instalación obligatoria de detectores de metales en colegios no deben imponerse de manera uniforme, sino que deben ser flexibles y adaptadas a cada realidad educativa, señalando que una imposición centralizada puede implicar gastos innecesarios y decisiones poco pertinentes para la comuna. Esta postura es clave porque marca una diferencia con la lógica más vertical que ha caracterizado al gobierno central en materias de orden público.
Este punto revela una primera tensión estructural: mientras el gobierno central ha tendido a reforzar un enfoque de seguridad más estandarizado y centralizado, el municipio de Ñuñoa intenta preservar márgenes de decisión local. No obstante, esta diferencia no implica una oposición ideológica frontal, sino más bien una disputa por el control de la implementación de las políticas.
En paralelo, la gestión municipal ha continuado impulsando políticas de fortalecimiento comunitario, como la asignación de subvenciones a juntas de vecinos y organizaciones territoriales, con el objetivo de sostener el tejido social local. Este tipo de iniciativas contrasta parcialmente con el enfoque más macro del gobierno central, que ha priorizado incentivos al gran capital y ajustes fiscales, mientras que a nivel comunal se observa un esfuerzo por mantener redes de apoyo territorial. En términos concretos, esto se traduce en financiamiento para sedes vecinales, espacios comunitarios y servicios locales, lo que tiene un impacto directo en la vida cotidiana de los residentes.
Sin embargo, esta política de fortalecimiento local convive con decisiones que reflejan tensiones internas en la administración. Un caso emblemático ha sido la controversia por el nombramiento de autoridades municipales cuestionadas, lo que ha generado críticas y debilitado la legitimidad de la gestión. Este tipo de episodios incide directamente en la percepción ciudadana, alimentando desconfianza hacia las instituciones locales, en un contexto nacional ya marcado por cuestionamientos a la política.
Otro eje relevante en la comuna ha sido la gestión del espacio urbano y la convivencia local. Por ejemplo, decisiones como mantener el nombre de ciertas calles tras procesos participativos reflejan una apuesta por incorporar la voz de los vecinos en decisiones simbólicas y territoriales. Asimismo, la regulación de actividades económicas en barrios como Barrio Italia —particularmente en el uso del espacio público para terrazas— muestra una orientación hacia el ordenamiento urbano y la convivencia entre comercio y vida residencial. Estas medidas, aunque aparentemente administrativas, tienen efectos concretos en la vida diaria: influyen en el uso del espacio, en la actividad económica local y en la relación entre vecinos y comercio.
En términos sociales, también se han impulsado iniciativas en educación y seguridad comunitaria, como encuestas para mejorar la convivencia escolar, lo que evidencia una preocupación por fenómenos como la violencia en establecimientos educacionales. Este enfoque dialoga parcialmente con la agenda de seguridad del gobierno central, pero nuevamente desde una lógica más preventiva y participativa.
Ahora bien, si se observa el impacto de estas políticas en la población residente, se pueden identificar varios efectos concretos. En primer lugar, existe una sensación de relativa continuidad en los servicios municipales básicos (salud, educación, programas comunitarios), lo que amortigua parcialmente los efectos de las políticas nacionales más regresivas. En segundo lugar, las decisiones locales en materia de ordenamiento urbano y apoyo a organizaciones generan espacios de contención social, especialmente en sectores de capas medias que caracterizan a la comuna. Sin embargo, en tercer lugar, las tensiones políticas —tanto internas como con el nivel central— introducen un factor de incertidumbre y polarización que también se expresa en el territorio.
Desde una mirada más estructural, Ñuñoa aparece como un microcosmos de la disputa política nacional. Su composición social —heterogénea, con sectores socioeconómicos medios, profesionales, estudiantes y una fuerte presencia política— la convierte en un espacio donde las contradicciones del modelo se hacen visibles rápidamente. Las políticas del gobierno central, orientadas a la liberalización económica y el fortalecimiento del orden, se encuentran con una realidad comunal donde existe una ciudadanía más organizada, con mayor capacidad de deliberación y con expectativas más altas respecto del rol del Estado.
En este sentido, más que una simple alineación o desalineación, lo que se observa es una relación dialéctica: el municipio adapta, modula y en algunos casos resiste las políticas centrales, mientras intenta mantener gobernabilidad local. Esto genera un escenario en el cual los efectos de las políticas nacionales no se trasladan de manera mecánica al territorio, sino que son filtrados por la institucionalidad comunal.
En conclusión, durante las últimas semanas Ñuñoa no ha operado como un simple ejecutor de la agenda del gobierno de Kast, sino como un actor con cierto grado de autonomía, que combina coincidencias en temas de orden y gestión con diferencias en la implementación y en el enfoque territorial. Para la población, esto se traduce en una experiencia ambivalente: por un lado, continúan recibiendo servicios y políticas locales que sostienen la vida comunitaria; por otro, comienzan a percibir —de manera indirecta pero creciente— los efectos de las decisiones estructurales del nivel central, especialmente en el ámbito económico y social.
