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¡A LEVANTAR LA DIGNIDAD POPULAR CONTRA LA PRECARIZACIÓN Y EL ABUSO!

Columna de opinión-Célula Eduardo Contreras Mella

El opinador profesional

25-06-2026

Manifiesto al pueblo de Chile: trabajadoras, trabajadores, estudiantes, pobladores y cesantes


Compatriotas, hermanas y hermanos de clase:

Las sociedades no avanzan por el frío éxito de los indicadores macroeconómicos que celebran los grandes consorcios ni por las utilidades que se acumulan en las cuentas de la oligarquía financiera. El verdadero termómetro de la historia —aquel que Marx y Engels nos enseñaron a mirar con nitidez— es la forma en que se distribuye la riqueza que la clase trabajadora produce, el acceso real a los derechos sociales elementales y el lugar central que debe ocupar el trabajo en la organización de la vida colectiva. Hoy, Chile no avanza; retrocede bajo el yugo de un proyecto político que pretende desmantelar los pocos derechos conquistados con sangre y sacrificio por nuestro pueblo.

La economía jamás ha sido neutral. Detrás de cada discurso tecnocrático, de cada reforma tributaria que alivia el bolsillo de los superricos, de cada flexibilización laboral que disfraza la explotación, y de cada intento por profundizar el fracasado modelo de las AFP y la salud de mercado, existen intereses de clase concretos. Vivimos la ofensiva de un gobierno liberal-conservador encabezado por José Antonio Kast, cuya esencia no es otra que la reconfiguración autoritaria del Estado para entregar el país, de rodillas, al gran capital nacional y transnacional. Sus defensores prometen un crecimiento económico que nunca llega a las poblaciones, mientras desregulan, privatizan y trasladan el costo total de la supervivencia a las espaldas de las familias chilenas.

¡Es hora de despertar y mirar la realidad de frente! Mientras el Ejecutivo gobierna para el gran empresariado, la realidad cotidiana de millones de chilenas y chilenos es la de la angustia y la asfixia. El acceso a una vivienda digna se ha vuelto una utopía inalcanzable para los allegados y los comités de allegados en nuestras comunas; el alto costo de los alimentos golpea con saña los hogares de menores ingresos; la salud pública se desangra en listas de espera interminables, y la educación sigue siendo una máquina de reproducción de la desigualdad de origen. No estamos ante simples deficiencias administrativas o "problemas de gestión": estamos ante las contradicciones flagrantes de un capitalismo dependiente y neoliberal que mercantiliza la vida misma, transformando los derechos en bienes de consumo y el dolor humano en una oportunidad de negocio.

Incluso el legítimo dolor e inseguridad de nuestros barrios es utilizado como mercancía política. El clamor del pueblo por vivir en paz es instrumentalizado por la derecha para profundizar un Estado policial y represivo. Quieren combatir las consecuencias sin tocar jamás las causas. Nosotros lo decimos con claridad leninista: la expansión del crimen organizado y el narcotráfico encuentra su abono en la exclusión, en la segregación urbana, en el abandono estatal de las poblaciones y en el desmantelamiento del tejido social comunitario. Una seguridad real y socialista no se logra sólo con más represión para los de abajo, sino recuperando los espacios públicos, abriendo oportunidades reales de estudio y trabajo para la juventud, y terminando con las brechas territoriales que aíslan a los pobres de la patria.

El crecimiento económico es necesario, pero la cuestión central que la economía burguesa oculta es siempre la misma: ¿quién produce esa riqueza, quién la controla y cómo se distribuyen sus frutos? La riqueza de Chile la producen las manos del minero, de la temporera, del obrero de la construcción, del profesor, de la trabajadora de casa particular y del profesional precarizado. Por tanto, el Estado no puede ser un mero administrador de los negocios de la burguesía. El Estado debe orientar la economía hacia el bienestar social, recuperando la soberanía sobre nuestros recursos estratégicos, impulsando la inversión pública y creando empresas estatales que pongan el litio, el cobre y la energía al servicio del pueblo.

El socialismo del siglo XXI en nuestra patria no puede quedarse en la queja o en la nostalgia. Nuestro deber como comunistas y revolucionarios es organizar la contraofensiva popular a través de propuestas viables y urgentes: vivienda digna mediante un banco de suelos estatal, educación pública gratuita y transformadora, salud universal y solidaria, y salarios que devuelvan el valor real al esfuerzo creador. Pero esto no se conseguirá de brazos cruzados esperando el próximo hito electoral. La democracia burguesa es limitada; la verdadera democracia se ejerce en la calle, con sindicatos fuertes y con capacidad de huelga efectiva, con juntas de vecinos activas, con federaciones estudiantiles movilizadas y con el pueblo deliberando en cada rincón.

Lo que está en juego en este período histórico no es la alternancia de un Gobierno de turno, sino el modelo de sociedad para las próximas décadas. Debemos decidir si permitimos que nuestras vidas sigan bajo la dictadura del mercado o si refundamos la patria bajo los principios de la solidaridad, el socialismo y la justicia social.

La historia de Chile nos ha demostrado que ningún avance social ha sido un regalo de la elite. Cada jornada de ocho horas, cada escuela pública, cada universidad, cada vivienda social ha sido el resultado de la movilización combativa de las masas. Por ello, hacemos este llamado fraterno pero enérgico a todas y todos los explotados de nuestra tierra: a manifestarse, a organizarse en sus centros de trabajo, a levantar las asambleas en las poblaciones, a ocupar las calles con la fuerza de la razón y de la organización.

No permitamos que sigan precarizando nuestras vidas para engordar los bolsillos de unos pocos. Ante el avance del autoritarismo y el abuso patronal del gobierno de Kast, la respuesta es una sola: ¡Unidad, organización y lucha popular!

¡A levantar la dignidad de las mayorías! ¡Venceremos!

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