top of page

En el mundo de ciegos, el tuerto es Rey

Image-empty-state_edited.png

Don Lalo

22-05-2026

El reciente cambio de gabinete de José Antonio Kast no sólo confirmó la fragilidad política de un gobierno que apenas comienza. También dejó al descubierto algo todavía más profundo y preocupante: la alarmante mediocridad de la elite política que hoy administra el Estado chileno. 


Porque cuando un gobierno debe presentar como “golpe de timón” el simple reemplazo de ministras debilitadas por figuras igualmente grises, lo que queda en evidencia no es renovación, sino pobreza política.


La salida de Trinidad Steinert del Ministerio de Seguridad resulta particularmente simbólica. Kast llegó a La Moneda prometiendo control absoluto sobre la delincuencia, orden en las calles y autoridad sin complejos. Dos meses después, la crisis de seguridad continúa intacta y la principal respuesta del Ejecutivo consiste en cambiar nombres y reforzar discursos. El problema, sin embargo, no era únicamente la ministra saliente. El problema es la incapacidad estructural de un gobierno que creyó que la complejidad social de Chile podía resolverse con slogans de campaña y conferencias de prensa.


Lo mismo ocurre con la vocería. La salida de Mara Sedini y la concentración del poder comunicacional en Claudio Alvarado revelan un gabinete cada vez más encerrado sobre sí mismo, dominado por operadores ideológicos antes que por estadistas. El “mérito” republicano termina pareciéndose demasiado al viejo cuoteo político que tanto criticaron: rostros intercambiables, obediencia interna y escasa densidad intelectual.


La paradoja es brutal. Kast prometió construir un gobierno de excelencia frente a la supuesta improvisación del progresismo. Pero a pocos meses de iniciado su mandato, el oficialismo exhibe exactamente lo contrario: ministros sin conducción política, respuestas reactivas y una administración atrapada en su propia propaganda.


En el fondo, el problema no es sólo Kast. Es la decadencia general de una clase dirigente que hace años dejó de pensar el país más allá del marketing, la encuesta y el control comunicacional. Y así, en medio de la pobreza política dominante, cualquier cuadro disciplinado, cualquier administrador eficiente o cualquier dirigente capaz de leer un papel sin equivocarse termina pareciendo excepcional.


Porque en el mundo de ciegos, efectivamente, el tuerto es rey.

bottom of page