El imperio y la memoria: quién cuenta la historia también decide cómo recordamos

El opinador profesional
13-09-2026
Hay una forma de poder menos visible que una ocupación militar y, a veces, mucho más duradera: decidir cómo los pueblos recuerdan su propia historia.
Quien consigue imponer una determinada lectura del pasado termina influyendo también sobre la manera en que una sociedad entiende su presente. Y eso importa todavía más cuando se trata del futuro: las posibilidades que una sociedad considera reales también dependen, en buena medida, de aquello que recuerda y de aquello que ha aprendido a olvidar.
La memoria histórica, por lo tanto, no es un terreno neutro. Siempre hay una disputa detrás: qué se recuerda, qué se explica, qué se omite y desde dónde se cuenta.
Estados Unidos ha tenido, especialmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, una enorme capacidad para intervenir en esa disputa. Su poder no se limita a lo militar, lo financiero o lo diplomático. También está su influencia cultural, tecnológica y comunicacional. Hollywood, las grandes agencias de noticias, las universidades, los medios internacionales y, más recientemente, las plataformas digitales forman parte de un espacio mucho más amplio en el que se construyen imágenes sobre el mundo.
Eso permite instalar ciertas categorías, destacar determinados acontecimientos, convertir a algunos personajes en héroes o villanos y decidir, aunque no siempre de manera directa, qué tragedias adquieren una dimensión universal y cuáles quedan mucho más lejos del centro de la conversación.
En ese sentido, el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende y los atentados contra las Torres Gemelas son acontecimientos muy diferentes. No tienen la misma naturaleza ni pueden compararse mecánicamente. Pero puestos uno junto al otro permiten hacerse una pregunta incómoda: ¿quién tiene el poder de definir qué significa históricamente un acontecimiento?
Chile: cuando la democracia dejó de ser democrática para Washington
El 11 de septiembre de 1973 no empezó ese día.
Para entender lo ocurrido en La Moneda hay que mirar bastante más atrás: la Guerra Fría, la Revolución Cubana, la disputa por América Latina, los intereses económicos estadounidenses en Chile, la nacionalización del cobre y, por supuesto, la elección de Salvador Allende.
También hay que mirar la decisión de Washington de impedir que aquel proyecto político pudiera consolidarse.
Durante mucho tiempo, una parte importante del relato sobre el golpe puso el acento casi exclusivamente en la crisis interna chilena. La inflación, el desabastecimiento, la polarización, los conflictos entre poderes del Estado y la creciente violencia política fueron hechos reales. Nadie necesita negarlos para discutir la interpretación dominante.
El problema aparece cuando todos esos factores se convierten en la explicación completa.
Porque hubo otra dimensión de la historia: la intervención estadounidense.
Hoy existe abundante documentación desclasificada sobre las operaciones desarrolladas por el gobierno de Richard Nixon y su administración para impedir primero la llegada de Allende a la Presidencia y, después, para debilitar a su gobierno. Hubo financiamiento a sectores opositores, presión económica, operaciones encubiertas y contactos con militares chilenos. La participación de la CIA en estas acciones tampoco es una cuestión que dependa de una teoría conspirativa.
Está documentada.
Y aquí conviene detenerse un momento. ¿Por qué una intervención de esa magnitud ocupa un lugar relativamente menor en la memoria política occidental en comparación con otros episodios de la política exterior estadounidense?
La respuesta no es sencilla, pero una cosa parece evidente: la memoria tiene jerarquías.
Chile vivió una dictadura que asesinó, hizo desaparecer, torturó, encarceló y exilió a miles de personas. Se destruyeron organizaciones sociales y políticas, se persiguió a dirigentes sindicales y se desarticuló buena parte del movimiento popular. Al mismo tiempo, se implantó un modelo económico que modificó profundamente la sociedad chilena.
Sin embargo, durante años el relato internacional terminó poniendo el foco principalmente en el supuesto caos provocado por los propios chilenos. Chile estaba dividido. Allende había llevado al país a una situación límite. Los militares habían intervenido para recuperar el orden.
La palabra "orden" resulta útil en estos casos. Puede hacer que un golpe de Estado parezca, retrospectivamente, una respuesta casi inevitable a una situación descontrolada.
Y eso también es una forma de contar la historia.
Las Torres Gemelas: otra tragedia, otra memoria
Veintiocho años después del golpe chileno, otro 11 de septiembre sacudió al mundo.
El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado en la memoria contemporánea de una manera difícil de comparar con otros acontecimientos. Millones de personas vieron prácticamente al mismo tiempo las imágenes de los aviones estrellándose contra las torres, el humo, la gente huyendo y, finalmente, el derrumbe de los edificios.
No fue necesario esperar años para que las imágenes se convirtieran en memoria. La televisión hizo ese trabajo en tiempo real.
Pero una cosa es la imagen del acontecimiento y otra el significado político que se construye después.
Los atentados fueron presentados como un ataque contra Estados Unidos y, poco a poco, también como un ataque contra Occidente, contra la libertad y contra la civilización. La expresión "guerra contra el terrorismo" terminó convirtiéndose en una de las claves desde las cuales se explicaría buena parte de la política internacional de los años siguientes.
Las consecuencias fueron enormes. Estados Unidos invadió Afganistán, posteriormente Irak, amplió sus operaciones militares en distintos lugares y desarrolló nuevas políticas de seguridad y vigilancia. Guantánamo se convirtió en uno de los símbolos de esa nueva etapa.
Todo aquello fue presentado dentro de una narrativa bastante clara: Estados Unidos había sido atacado y tenía derecho a defenderse.
Pero aquí hace falta una precisión. Cuestionar la utilización política de la memoria del 11 de septiembre no significa negar los atentados ni relativizar el dolor de quienes murieron. Tampoco significa desconocer el carácter criminal de los ataques.
La cuestión es otra.
Es preguntarse qué ocurrió después con esa tragedia. Cómo se utilizó políticamente. Qué decisiones fueron justificadas en su nombre y qué consecuencias tuvieron esas decisiones para millones de personas que vivían lejos de Nueva York o Washington.
Recordar a las víctimas es una cosa. Utilizar su muerte como fundamento permanente para determinadas políticas de Estado es otra.
La memoria no es solamente recordar: también es olvidar
Es aquí donde los dos 11 de septiembre vuelven a encontrarse.
No sólo importa aquello que una sociedad recuerda. También importa lo que deja de recordar.
Chile recuerda el golpe. Pero durante décadas se habló mucho más de la responsabilidad de los propios chilenos en la crisis que de las acciones desarrolladas desde Washington para impedir y debilitar la experiencia de la Unidad Popular.
El mundo recuerda las Torres Gemelas. En cambio, las guerras posteriores, sus víctimas y las consecuencias de las decisiones adoptadas en nombre de la lucha contra el terrorismo ocupan un espacio bastante menor en la memoria colectiva occidental.
No se trata de poner ambas tragedias en una balanza. Sería absurdo. Se trata de observar cómo funcionan las jerarquías de la memoria.
No todas las víctimas tienen el mismo espacio en los grandes medios. No todas las guerras reciben la misma cobertura. Tampoco todas las intervenciones militares son descritas con el mismo vocabulario.
Cuando Estados Unidos interviene militarmente, es frecuente encontrar términos como "operación", "defensa", "seguridad" o "lucha contra el terrorismo".
Cuando se trata de sus adversarios, aparecen con mayor frecuencia palabras como "agresión", "amenaza", "régimen" o "terror".
Eso no significa que cada periodista o cada medio esté actuando de manera consciente para favorecer a una potencia. El problema es más profundo y, precisamente por eso, más difícil de detectar.
Las palabras ayudan a construir el marco desde el cual interpretamos los hechos.
El periodismo y la fábrica del sentido común
Los medios de comunicación tienen aquí un papel central.
No hace falta imaginar una oficina secreta donde alguien decide cada titular que aparecerá al día siguiente. La realidad es bastante más sencilla y, quizás por eso, más preocupante.
Los medios seleccionan qué acontecimientos merecen atención, qué fuentes son consideradas confiables, qué especialistas son invitados, qué imágenes se repiten y cuáles desaparecen después de unas horas. También deciden, muchas veces, qué preguntas parecen razonables y cuáles quedan fuera de la discusión.
De esa manera se va formando aquello que terminamos llamando "realidad".
Un medio puede entregar información verdadera y, al mismo tiempo, contribuir a una interpretación sesgada si insiste siempre en determinadas causas y deja otras en segundo plano.
En Chile ocurrió algo parecido durante décadas. El golpe podía ser explicado desde la polarización interna, la crisis económica o el conflicto institucional, mientras la intervención estadounidense quedaba en un segundo plano.
Con el 11 de septiembre de 2001 ocurrió algo distinto, pero relacionado con el mismo problema. El acontecimiento quedó rápidamente instalado dentro de una narrativa en la que Estados Unidos aparecía, ante todo, como víctima y las posteriores acciones militares como una consecuencia prácticamente inevitable de esa condición.
Así, el periodismo termina haciendo algo más que transmitir información. También contribuye a producir memoria.
Y hay otro asunto que no puede dejarse de lado: quién controla los medios.
Cuando la propiedad de los grandes medios está concentrada en pocos grupos económicos, la libertad de prensa puede existir como principio jurídico mientras la capacidad real de producir y distribuir información permanece concentrada.
No hace falta censurar una noticia para hacerla invisible. A veces basta con que no tenga espacio, que aparezca una vez y desaparezca, que no encuentre continuidad o que nunca llegue a ocupar el centro de la discusión.
El imperio no necesita censurar todos los relatos
Éste es, probablemente, uno de los puntos más importantes.
Un sistema hegemónico no necesita prohibir todas las versiones alternativas de la historia. Incluso puede permitir que circulen. Puede haber libros críticos, documentales, investigaciones académicas y periodistas que cuestionen el relato dominante.
Lo que importa es otra cosa: la capacidad que tienen esas voces para convertirse en sentido común.
Una investigación sobre la intervención estadounidense en Chile puede publicarse. Un historiador puede demostrarla con documentos. Un periodista puede escribir sobre ella.
Pero eso no significa que esa interpretación vaya a ocupar durante décadas el centro de la conversación pública internacional.
La hegemonía funciona muchas veces de una manera menos evidente que la censura. No elimina necesariamente las voces incómodas. Establece, más bien, cuáles tienen mayores posibilidades de ser escuchadas, repetidas y finalmente consideradas como "normales".
Antonio Gramsci entendió que la dominación no podía explicarse únicamente por la fuerza. También necesitaba cierto grado de consentimiento y ese consentimiento se construía en espacios como la cultura, la educación y los medios.
En el plano internacional, la cuestión adquiere una dimensión todavía mayor. Una potencia con enorme capacidad económica, militar, cultural y comunicacional tiene también una capacidad excepcional para instalar su propia interpretación del mundo.
Ahí aparece una dimensión del imperialismo que suele quedar bastante más escondida.
Dos 11 de septiembre y una pregunta pendiente
Hay una ironía histórica difícil de pasar por alto.
En Chile, el 11 de septiembre significó la destrucción de un gobierno elegido democráticamente y el comienzo de una dictadura que cambiaría para siempre la historia del país.
En Estados Unidos, el 11 de septiembre significó uno de los ataques terroristas más traumáticos de su historia reciente.
Son acontecimientos distintos. Las circunstancias son distintas y las responsabilidades también. Pero ambos dejaron una huella profunda y ambos fueron utilizados, posteriormente, para construir relatos políticos.
La diferencia está también en el lugar que cada país ocupa en el sistema internacional.
Chile tuvo que luchar durante décadas para que su experiencia fuera escuchada fuera de sus propias fronteras.
Estados Unidos tenía otra posibilidad: podía hacer que su tragedia fuera escuchada prácticamente en todas partes y convertirla en uno de los acontecimientos centrales desde los cuales se interpretaría el nuevo escenario internacional.
Eso también es poder.
Poder para actuar, desde luego. Pero también poder para nombrar, explicar y recordar.
Tal vez una de las formas más profundas del imperialismo contemporáneo consista precisamente en eso: conseguir que la historia del poderoso termine pareciendo una historia universal, mientras la experiencia de los pueblos subordinados queda reducida a una historia local.
Por eso la disputa por la memoria no pertenece solamente a los historiadores ni puede encerrarse en una biblioteca. Tiene consecuencias políticas muy concretas.
Un pueblo que desconoce las fuerzas que intervinieron en su propia historia tendrá más dificultades para reconocer esas mismas relaciones de poder cuando vuelvan a aparecer en el presente.
Y el imperialismo no desaparece necesariamente cuando abandona un territorio. A veces permanece de otra manera: en los archivos que se consultan y en los que se olvidan, en los libros de texto, en las películas, en los titulares y hasta en las palabras que utilizamos para hablar de nuestros muertos.
También permanece en aquello que hemos terminado aceptando como una explicación natural, sin detenernos a preguntar quién la construyó y por qué llegó a parecernos natural.
La memoria vuelve así a convertirse en un terreno de disputa.
No se trata simplemente de reemplazar una versión oficial por otra.
Se trata de algo más básico: recuperar la posibilidad de que los pueblos puedan reconstruir su propia historia, revisar críticamente las versiones construidas desde el poder y volver a mirar aquello que durante demasiado tiempo fue dejado fuera del relato.
Porque también recordar es una forma de poder.
