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Fidel a los 100: cuando el futuro del planeta ya estaba escrito en sus palabras

Columna de opinión-Célula Eduardo Contreras Mella

Don Lalo

13-08-2026

Hay problemas que aparecen lentamente, casi sin hacer ruido, hasta que un día dejan de ser una advertencia y se convierten en una realidad imposible de esconder. El cambio climático pertenece a esa categoría. 

Durante décadas, científicos, organizaciones sociales y algunos dirigentes políticos advirtieron que la explotación indiscriminada de los recursos naturales, la contaminación, la destrucción de bosques, el uso masivo de combustibles fósiles y un modelo de producción y consumo basado en el despilfarro terminarían colocando a la humanidad frente a una crisis de dimensiones planetarias.


Hoy ya no hablamos de una amenaza lejana, hablamos de temperaturas extremas, incendios forestales cada vez más destructivos, sequías prolongadas, inundaciones, pérdida de biodiversidad, deterioro de los océanos, crisis alimentarias y desplazamientos humanos provocados o agravados por las transformaciones del clima. La propia Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, realizada en 1992, reconoció la relación inseparable entre desarrollo económico, condiciones sociales y protección ambiental.


Pero hay una pregunta que durante mucho tiempo incomodó y que todavía incomoda: ¿por qué ocurre esto?

No basta con responder que la humanidad contamina. Esa explicación es demasiado cómoda porque coloca en el mismo plano al trabajador que utiliza un automóvil para llegar a su empleo, al campesino que necesita producir para sobrevivir y a las grandes corporaciones que durante décadas han basado enormes procesos de acumulación de riqueza en la explotación intensiva de combustibles fósiles, minerales, bosques, océanos y territorios.


Tampoco basta con pedirle a cada individuo que "consuma responsablemente" mientras las grandes estructuras económicas continúan funcionando bajo una lógica que necesita producir, vender, competir, acumular y crecer permanentemente.


La cuestión, entonces, es más profunda. Un sistema económico que convierte prácticamente todo en mercancía termina enfrentándose a una contradicción elemental: la naturaleza tiene límites, mientras la acumulación de capital tiende a expandirse sin reconocer límites suficientes. El bosque se transforma en madera; el suelo, en mercancía; el agua, en negocio; los minerales, en rentabilidad; el petróleo, en crecimiento económico. Y cuando la naturaleza comienza a cobrar la cuenta, las consecuencias no se distribuyen de manera igualitaria.

Los países y sectores sociales que históricamente más han consumido recursos y emitido gases de efecto invernadero no son necesariamente quienes sufren primero ni con mayor intensidad sus consecuencias. Las comunidades pobres, los países insulares, los pueblos campesinos y buena parte del llamado Sur Global enfrentan una vulnerabilidad mucho mayor.


Es precisamente aquí donde aparece una voz que, observada desde el presente, resulta extraordinariamente incómoda por su anticipación.

Era el 12 de junio de 1992. En Río de Janeiro se desarrollaba la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo. El mundo acababa de entrar en una nueva etapa después del derrumbe de la Unión Soviética. Para buena parte de las potencias occidentales comenzaba lo que algunos presentaban como el triunfo definitivo del capitalismo y del mercado.


En ese escenario, Fidel Castro tomó la palabra.

Su advertencia fue directa: "Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre".


No estaba hablando simplemente de contaminación, estaba hablando de civilización.

Fidel entendió algo que hoy resulta cada vez más evidente: el problema ambiental no podía separarse de la desigualdad económica mundial. En aquel discurso sostuvo que las sociedades de consumo eran responsables fundamentales de la destrucción ambiental y relacionó esa realidad con la historia colonial e imperial. Recordó, además, que una pequeña parte de la población mundial concentraba entonces una proporción desmesurada del consumo de energía y materias primas.

Aquello no era un discurso ecologista convencional.


Era una crítica política de la economía mundial y ahí radica una de las mayores anticipaciones de Fidel.


Muchos hablaban de salvar los bosques, proteger los mares o reducir la contaminación. Fidel preguntaba quién consumía, quién producía, quién acumulaba riqueza, quién contaminaba y quién terminaba pagando las consecuencias.

Por eso su célebre planteamiento de Río conserva una fuerza extraordinaria: "Páguese la deuda ecológica y no la deuda externa.


Desaparezca el hambre y no el hombre".


La frase contiene toda una concepción. El mundo no podía exigir a los países pobres que sacrificaran su desarrollo mientras las grandes potencias habían construido su riqueza mediante siglos de explotación colonial, industrialización intensiva y consumo desproporcionado. La solución, para Fidel, no consistía en condenar a los pueblos pobres a permanecer pobres en nombre de la protección ambiental. Consistía en transformar las relaciones económicas internacionales, distribuir mejor la riqueza y democratizar el acceso a la ciencia y la tecnología.


En otras palabras: justicia social y justicia ambiental no podían separarse.


Y esa perspectiva vuelve a aparecer en sus escritos posteriores.

En enero de 2011, cuando el cambio climático ya comenzaba a ocupar un lugar central en la agenda mundial, Fidel escribió "Es hora ya de hacer algo". Allí relacionó explícitamente los cambios climáticos con la crisis alimentaria y cuestionó que las soluciones dependieran fundamentalmente de los países más ricos, precisamente aquellos que habían construido un modelo de desarrollo que conducía al desastre.


Fidel observaba además algo que hoy resulta evidente: el cambio climático no constituye solamente un problema meteorológico. Puede transformarse en una crisis alimentaria, económica, sanitaria y política. Sequías, inundaciones, pérdida de cosechas, escasez de agua y aumento del precio de los alimentos pueden terminar afectando la estabilidad de sociedades completas.


Y formuló una pregunta que continúa siendo brutalmente actual: ¿qué hacemos con los recursos agrícolas, destinarlos a alimentar seres humanos o convertirlos en combustible para sostener determinados patrones de consumo?

Su preocupación no era abstracta. Era profundamente humana.

Por eso, reducir el pensamiento ambiental de Fidel a una defensa romántica de la naturaleza sería cometer un error. Su preocupación fundamental era la supervivencia de la especie y, dentro de ella, la dignidad de los seres humanos.


La naturaleza no aparecía separada de la sociedad.

La pobreza no era un problema independiente del deterioro ambiental.

El hambre no era ajena al cambio climático.

La desigualdad no podía separarse del consumo.

Y la tecnología no podía quedar subordinada exclusivamente a la rentabilidad.


Ahí es donde su pensamiento adquiere una dimensión claramente marxista. Marx había comprendido que el capitalismo no solamente explota el trabajo humano: también desarrolla una relación contradictoria con las condiciones naturales que hacen posible la producción. La naturaleza es fuente de riqueza, pero el capital tiende a tratarla como una reserva aparentemente inagotable de materias primas y como un lugar donde descargar sus costos.


Fidel llevó esa preocupación al terreno político contemporáneo y la convirtió en una advertencia sobre el destino de la humanidad.


No planteaba regresar al pasado ni detener el desarrollo científico. Todo lo contrario. Defendía la ciencia, la educación, la cooperación internacional y el uso racional de la tecnología. Lo que cuestionaba era que esos extraordinarios instrumentos creados por la inteligencia humana estuvieran subordinados a una lógica económica que privilegia la ganancia privada por encima de las necesidades colectivas.

Por eso también rechazaba la idea de que la solución pudiera consistir simplemente en pedir sacrificios a los pueblos.


La humanidad necesita producir, pero debe preguntarse para qué produce.

Necesita consumir, pero debe preguntarse cuánto y quién consume.

Necesita tecnología, pero debe preguntarse al servicio de quién está.

Necesita crecimiento, pero debe preguntarse crecimiento para quién.

Y, sobre todo, necesita decidir si la economía debe estar al servicio de la vida o si la vida continuará subordinada a la economía.


Treinta y cuatro años después de Río, muchas de aquellas advertencias ya no parecen exageradas. La propia ONU reconoce que la Cumbre de 1992 puso en el centro la relación entre las actividades socioeconómicas humanas y el medio ambiente y dio origen a instrumentos fundamentales como la Convención Marco sobre el Cambio Climático y el Convenio sobre Diversidad Biológica.


Fidel no predijo cada fenómeno climático que hoy enfrentamos. Sería absurdo atribuirle capacidades proféticas. Lo que hizo fue algo más importante: identificó tempranamente las relaciones económicas y sociales que estaban detrás de una parte fundamental del problema.

Y lo hizo cuando todavía muchos consideraban que el cambio climático era una preocupación distante.


Este 13 de agosto de 2026, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, aquella mirada adquiere una dimensión especial.

Fidel Castro nació en 1926 y murió en 2016, pero algunas de sus preguntas continúan abiertas.


Una de ellas es quizás la más urgente de todas: ¿puede la humanidad resolver la crisis ambiental manteniendo intactas las mismas relaciones económicas que contribuyeron a producirla?

Desde una perspectiva marxista, la respuesta no pasa por negar la necesidad de producir, ni por idealizar sistemas que también han cometido errores ambientales. Pasa por cambiar las prioridades de la producción social: poner las necesidades humanas por encima de la rentabilidad, planificar el uso de los recursos, democratizar la ciencia y la tecnología, desarrollar energías limpias, proteger los bienes comunes y garantizar que quienes históricamente más han contaminado asuman una responsabilidad proporcionalmente mayor.


No se trata solamente de salvar al planeta, se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos construir para poder vivir en él.


Quizás por eso, al cumplirse cien años del nacimiento de Fidel, la mejor manera de recordarlo no sea repetir sus palabras como una consigna vacía, sino volver a pensar en ellas.


En Río de Janeiro, en 1992, Fidel terminó su intervención con una advertencia que el tiempo ha convertido en una suerte de sentencia histórica: "Mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo".


Han pasado treinta y cuatro años y el mañana que Fidel advertía ya está aquí.

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