top of page

El fútbol como espectáculo y las contradicciones ocultas del capitalismo

Columna de opinión-Célula Eduardo Contreras Mella

Don Lalo

11-06-2026

Cada cuatro años, el mundo parece detenerse para observar un Mundial de Fútbol. Millones de personas llenan estadios, siguen transmisiones durante horas y viven con intensidad cada resultado. Los medios de comunicación dedican una cobertura permanente al evento, mientras gobiernos, grandes empresas y organismos internacionales celebran la fiesta deportiva como un símbolo de unidad entre los pueblos.


Sin embargo, desde una perspectiva marxista surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre con los problemas sociales cuando la atención de millones de personas se concentra en el espectáculo deportivo?


El fútbol no creó el narcotráfico, la corrupción, el racismo, la violencia ni la explotación laboral. Todos estos problemas existían antes y seguirán existiendo después de cada campeonato. Pero el enorme poder cultural del fútbol puede contribuir a que estas realidades queden temporalmente relegadas a un segundo plano.


Mientras millones observan un partido, continúan operando redes de narcotráfico que obtienen enormes ganancias gracias a la desigualdad social y a la falta de oportunidades que afectan a amplios sectores de la población. Mientras se celebran victorias deportivas, millones de trabajadores siguen enfrentando salarios insuficientes, precarización laboral y dificultades para ejercer plenamente sus derechos. Mientras las cámaras muestran la alegría de los estadios, persisten casos de discriminación racial, violencia social y exclusión económica.


El problema no es que las personas disfruten del fútbol. El problema aparece cuando el espectáculo deportivo es presentado como una realidad más importante que las condiciones materiales de vida de la población.


Esta situación recuerda la idea desarrollada por diversos pensadores marxistas sobre la función ideológica de ciertos fenómenos culturales. El entretenimiento masivo puede transformarse en una herramienta que canaliza emociones, frustraciones y expectativas hacia espacios que no cuestionan las estructuras de poder existentes. La pasión que podría convertirse en organización social, discusión política o movilización colectiva es absorbida por el consumo de un espectáculo que, finalmente, beneficia a grandes corporaciones y grupos económicos.


La propia FIFA constituye un ejemplo de estas contradicciones. Aunque se presenta como una organización dedicada al deporte y la fraternidad internacional, durante años ha estado involucrada en escándalos de corrupción investigados y sancionados por tribunales de distintos países. Los sobornos, fraudes y redes de influencia reveladas en esas investigaciones mostraron cómo una institución que proclama valores deportivos también puede convertirse en un espacio donde predominan intereses económicos multimillonarios.


La elección de Estados Unidos como principal sede del próximo Mundial también resulta significativa. Mientras el evento es promocionado como una celebración global, continúan existiendo debates sobre desigualdad económica, discriminación racial, violencia, vigilancia estatal y restricciones a distintos derechos civiles. Sin embargo, durante semanas la atención mediática se concentrará principalmente en partidos, estadísticas, fichajes y resultados deportivos.


La elección de Estados Unidos como principal sede del próximo Mundial también resulta significativa por otra razón. Mientras el evento es presentado como una celebración de la diversidad y del encuentro entre pueblos, el país continúa siendo escenario de fuertes controversias en torno a las políticas migratorias. Durante los gobiernos de Donald Trump se impulsaron medidas que endurecieron el acceso al asilo, ampliaron las deportaciones, restringieron el ingreso de personas provenientes de determinados países y promovieron una retórica que numerosos organismos de derechos humanos consideraron hostil hacia comunidades migrantes. Aunque sus defensores argumentan que estas medidas buscan fortalecer la seguridad fronteriza, sus críticos sostienen que han contribuido a la criminalización de personas que, en muchos casos, huyen de la pobreza, la violencia o las consecuencias de un sistema económico desigual.


Desde nuestra, esta contradicción resulta especialmente evidente. El capitalismo global requiere constantemente mano de obra migrante para sostener sectores completos de la economía, pero al mismo tiempo convierte a esos mismos trabajadores en objeto de sospecha, discriminación y persecución cuando resulta políticamente conveniente. Así, mientras el Mundial invita a celebrar la libre circulación de equipos, dirigentes, patrocinadores y capitales, millones de personas continúan enfrentando muros, detenciones, expulsiones y crecientes obstáculos para desplazarse en busca de una vida mejor.


Desde una mirada, esto no ocurre por casualidad. El capitalismo necesita mecanismos culturales capaces de generar consenso social y reducir la atención sobre sus contradicciones internas. El deporte profesional, convertido en una industria global de miles de millones de dólares, cumple parcialmente esa función. No porque exista una conspiración secreta ni porque los aficionados sean manipulados de manera consciente, sino porque el sistema económico obtiene beneficios cuando la discusión pública gira en torno al espectáculo antes que a las desigualdades estructurales.


Mientras las portadas destacan los goles, las estadísticas y las ceremonias de inauguración, continúan desarrollándose procesos que afectan directamente a las condiciones de vida de millones de personas. El narcotráfico sigue expandiéndose allí donde predominan la pobreza y la exclusión; los trabajadores continúan produciendo riqueza bajo condiciones muchas veces precarias; persisten formas de discriminación racial y cultural; la violencia golpea a comunidades enteras; y las políticas migratorias restrictivas siguen afectando a quienes buscan mejores oportunidades fuera de sus países de origen. El espectáculo deportivo no crea estas realidades, pero puede contribuir a invisibilizarlas temporalmente bajo una narrativa de unidad y celebración que rara vez cuestiona las causas profundas de estos problemas.


Por ello, el desafío no consiste en rechazar el fútbol. El fútbol pertenece a los pueblos y constituye una de las expresiones culturales más importantes del mundo. El desafío consiste en disfrutarlo sin perder de vista la realidad que existe fuera de los estadios.


Porque cuando termina el partido, siguen presentes las mismas desigualdades, las mismas formas de explotación laboral, las redes de narcotráfico, la corrupción, el racismo, la violencia y las políticas que restringen los derechos de millones de migrantes y trabajadores extranjeros. Son realidades que el espectáculo deportivo no crea, pero que con frecuencia quedan relegadas a un segundo plano mientras la atención pública se concentra en el negocio del fútbol global.


El verdadero triunfo para las y los trabajadores no será la victoria de una selección nacional, sino la construcción de una sociedad donde la riqueza producida colectivamente esté al servicio de las grandes mayorías y no de una minoría privilegiada.

bottom of page