Kast y la diplomacia de la obediencia: cuando la ideología empieza a hablar por Chile

Don Lalo
06-09-2026
Hay momentos en la política de un país en que las fotografías dicen mucho más que los discursos. Una de esas fotografías acaba de producirse en Santiago: José Antonio Kast, Presidente de Chile, compartiendo escenario con Javier Milei y con una constelación internacional de dirigentes de la nueva ultraderecha, reunidos bajo el paraguas del Foro Madrid. No era una reunión de Estados ni una cumbre diplomática. Era, fundamentalmente, una reunión política e ideológica. Y precisamente por eso resulta tan reveladora.
El Foro Madrid, impulsado por la Fundación Disenso, vinculada a Vox, se presenta como una alianza internacional para defender la libertad, la democracia y el Estado de derecho frente al socialismo. Su propia convocatoria habla de una “alianza contra el socialismo” y de la necesidad de recuperar los valores de Occidente. En Santiago, además, reunió a dirigentes y referentes de la derecha radical de Europa, Estados Unidos y América Latina.
Hasta aquí podría argumentarse que cada Presidente tiene derecho a participar en las reuniones políticas que estime convenientes. Es cierto. El problema comienza cuando el jefe de Estado deja de comportarse como representante de una nación plural y empieza a actuar como dirigente de una internacional ideológica.
Y eso es precisamente lo que el Gobierno de Kast parece no comprender.
Chile no es una sucursal de la derecha internacional. Chile es un Estado con una historia, una memoria, intereses nacionales y relaciones diplomáticas construidas durante décadas. Un Presidente puede tener una determinada ideología; lo que no puede hacer, sin consecuencias, es confundir sus afinidades personales con los intereses permanentes de la República.
El Foro Madrid hizo algo más que reunir a la derecha radical. Mostró el proyecto internacional al que Kast ha decidido aproximarse. Allí estuvo Javier Milei, quien desde el escenario santiaguino calificó a los militantes de izquierda como “zurdos mugrosos”, habló del “derrocamiento del comunista Allende” y presentó el golpe de Estado de 1973 como el punto de partida de un supuesto largo período de estabilidad y crecimiento.
Hay algo profundamente obsceno en esa interpretación de nuestra historia.
No porque un extranjero no pueda tener una opinión sobre Chile. Puede tenerla. Lo verdaderamente insolente es que un Presidente extranjero llegue a nuestro territorio, frente a autoridades chilenas, y convierta una de las tragedias más profundas de nuestra historia en un argumento de propaganda política. Porque cuando Milei habla del “derrocamiento de Allende” no está simplemente describiendo un acontecimiento histórico. Está borrando, con una frase, el carácter democrático del gobierno de la Unidad Popular, el bombardeo de La Moneda, la represión, la tortura, las ejecuciones, las desapariciones forzadas y el exilio de cientos de miles de compatriotas.
Y, sobre todo, pretende convertir a los vencedores de aquella tragedia en los únicos intérpretes legítimos de la historia.
Es difícil imaginar una manera más rudimentaria de entender un país.
Chile no tuvo simplemente un cambio de gobierno en 1973. Chile vivió un golpe de Estado seguido de una dictadura que durante diecisiete años hizo del terrorismo de Estado una política sistemática. Hubo miles de víctimas, y la propia institucionalidad democrática chilena ha reconocido la existencia de detenidos desaparecidos, ejecutados políticos, torturados y presos políticos. Esa memoria no pertenece a la izquierda. Pertenece a Chile.
Por eso resulta particularmente grave que Kast haya decidido recibir políticamente a Milei sin establecer una distancia inequívoca frente a sus afirmaciones. Más aún cuando el Gobierno optó por decir que no se convertiría en “comentarista” de las expresiones del mandatario argentino.
Qué curioso concepto de soberanía.
Cuando se trata de defender las fronteras, el Gobierno habla de autoridad. Cuando un extranjero entra en Chile a insultar la memoria histórica de millones de chilenos, parece descubrir las virtudes de la neutralidad.
Pero la cuestión va mucho más allá de Milei. Lo verdaderamente preocupante es la comunidad política que comienza a configurarse alrededor de Kast. Una red internacional que presenta al socialismo como una enfermedad, a la izquierda como un enemigo existencial y la política como una guerra cultural permanente. Una red que mezcla nacionalismo, ultraconservadurismo, fundamentalismo de mercado, militarización de la seguridad, reivindicación de un orden social profundamente desigual y una creciente identificación con determinadas posiciones estratégicas de Israel y del llamado Occidente.
El problema no es que Chile tenga relaciones con Israel. El problema es que la política exterior comienza a ser pensada desde una lógica de alineamientos ideológicos antes que desde el interés nacional, el derecho internacional y la tradición diplomática chilena.
Y cuando un país pequeño comienza a subordinar su diplomacia a las batallas culturales de otros, deja de hacer política exterior y empieza a hacer militancia internacional.
Ahí aparece Argentina.
La relación con Argentina exige una seriedad que parece incompatible con la euforia ideológica que ha rodeado la cercanía entre Kast y Milei. En abril, ambos gobiernos declararon un alto nivel de coincidencias y Chile reiteró su respaldo a los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, junto con el llamado a que Argentina y el Reino Unido retomen negociaciones.
Conviene decirlo con claridad: el respaldo chileno a la posición argentina sobre Malvinas no nació con Kast. Forma parte de una política exterior anterior y sostenida durante distintos gobiernos. Por eso sería intelectualmente deshonesto presentar esa posición como una invención de la actual administración.
Pero una cosa es mantener una política de Estado y otra muy distinta es incorporarla a una relación política profundamente ideologizada con un gobierno que, simultáneamente, enfrenta controversias territoriales con Chile.
Eso es lo que vuelve preocupante la situación actual.
Mientras Kast estrecha sus vínculos políticos con Milei, autoridades argentinas han realizado declaraciones que pusieron en cuestión la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes. La controversia obligó a la Cancillería chilena a protestar y terminó con declaraciones destinadas a reafirmar la soberanía chilena sobre el estrecho, reconocida por los tratados vigentes.
¿Dónde queda entonces aquella supuesta “amistad entre gobiernos hermanos” cuando aparecen intereses territoriales concretos?
La diplomacia no funciona con selfies.
Mucho menos funciona con amistades ideológicas.
Un Presidente de Chile debe comprender que Argentina puede ser un aliado estratégico, un vecino fundamental y un socio económico indispensable, pero sigue siendo un Estado con intereses propios. Y que esos intereses pueden coincidir con los nuestros o entrar en contradicción.
Lo mismo vale para el Reino Unido.
La política exterior chilena ha construido durante décadas una relación particularmente importante con Londres. El Reino Unido no es solamente una potencia europea: es un actor relevante en el Atlántico Sur, mantiene intereses estratégicos en las islas Falkland/Malvinas y posee vínculos históricos, económicos, militares y diplomáticos con Chile. El propio Gobierno británico registra como una relación bilateral de importancia la interacción con el Estado chileno.
Por eso la política exterior exige algo que parece escasear en La Moneda: equilibrio.
Chile puede respaldar los derechos argentinos sobre Malvinas —como históricamente lo ha hecho— sin convertir ese respaldo en una pieza de la alianza política de la ultraderecha regional. Puede mantener una relación estratégica con Argentina sin asumir automáticamente sus posiciones. Puede cultivar vínculos con Estados Unidos, Israel o el Reino Unido sin convertirse en satélite de ninguno de ellos.
Eso se llama soberanía.
Y la soberanía no consiste únicamente en tener soldados custodiando una frontera. También significa conservar la capacidad de decidir independientemente.
Lo ocurrido en estos últimos días muestra exactamente el peligro contrario. Mientras desde Argentina surgían cuestionamientos sobre el Estrecho de Magallanes, Milei llegaba a Santiago para participar junto a Kast en un encuentro de la ultraderecha internacional. Finalmente, ambos gobiernos debieron emitir una declaración reafirmando que los tratados vigentes reconocen la soberanía chilena sobre el estrecho.
No deja de ser irónico.
El Gobierno que llegó prometiendo orden terminó teniendo que ordenar su propia relación con su principal aliado ideológico.
Y quizá allí esté la verdadera enseñanza de estos días.
Kast no representa simplemente un cambio de gobierno en Chile. Representa un intento de insertar al país en una nueva arquitectura internacional de la derecha radical. Una arquitectura que conecta Madrid, Santiago, Buenos Aires, Washington y otros centros de poder alrededor de una misma batalla política: derrotar a la izquierda, disputar la memoria histórica, desmontar derechos sociales y reorganizar el Estado en favor de un determinado proyecto económico y social.
La retórica puede cambiar. El traje puede ser más institucional. El discurso puede hablar de democracia y libertad. Pero basta observar con quiénes se reúnen, qué causas defienden y qué historia reivindican para comprender hacia dónde miran.
Y quizás eso explique también la incomodidad de algunos sectores de la propia derecha chilena. Porque una cosa es ser conservador, liberal o incluso profundamente anticomunista. Otra es aceptar que la política chilena quede subordinada a una internacional de dirigentes que considera la democracia poco más que un instrumento para ganar elecciones y luego librar una guerra cultural contra quienes piensan distinto.
La historia enseña que las derechas extremas siempre comienzan hablando de orden. Después hablan de enemigos. Luego de decadencia. Más tarde de recuperación nacional. Finalmente alguien termina preguntando quiénes son los verdaderos ciudadanos y quiénes deben ser expulsados de la comunidad política.
Por eso la memoria importa.
Importa recordar a Allende no para convertirlo en santo, sino porque fue Presidente de Chile elegido democráticamente. Importa recordar a los detenidos desaparecidos porque fueron seres humanos arrancados de sus familias por agentes del Estado. Importa recordar a los ejecutados políticos porque una sociedad que acepta que sus muertos sean convertidos en argumentos propagandísticos está condenada a repetir sus tragedias. Importa recordar la dictadura porque el olvido nunca es neutral: cuando se borra la historia, siempre termina ganando quien tuvo más poder para escribirla.
Milei puede desconocer esa historia. Puede incluso despreciarla. Lo que no puede hacer es venir a Chile a reescribirla con la complacencia de nuestro propio Gobierno.
Y Kast, por su parte, tiene una obligación bastante más grande que la de administrar una corriente internacional de derecha: gobernar Chile.
Gobernar Chile significa comprender que los intereses de la República están por encima de las amistades personales, de las fotografías políticas y de las batallas culturales importadas. Significa que la relación con Argentina debe ser conducida con firmeza y prudencia; que la relación con el Reino Unido requiere inteligencia estratégica; que la memoria histórica no puede convertirse en moneda de cambio; y que la política exterior no puede transformarse en una extensión de la militancia partidaria.
Porque finalmente hay una pregunta que Kast debería responder, no a sus amigos del Foro Madrid, sino a los chilenos:
¿Está gobernando para Chile o está utilizando a Chile como plataforma para el proyecto internacional de la nueva derecha?
Las últimas semanas no ofrecen una respuesta tranquilizadora.
Y mientras en Santiago se celebra la “batalla cultural”, en las fronteras reales de la República se juega algo bastante menos retórico: la soberanía, la memoria, la dignidad nacional y la capacidad de Chile para decidir por sí mismo.
Quizás sea hora de recordar que una bandera no sirve de mucho cuando quienes la levantan han comenzado a confundir la patria con una internacional ideológica.
Porque Chile no necesita un Presidente que tenga muchos amigos poderosos.
Necesita un Presidente que sepa cuándo decirles que no.
