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Cuando el clasismo se disfraza de argumento: la derecha que nunca dejó de mirar en menos al pueblo

Columna de opinión-Célula Eduardo Contreras Mella

Don Lalo

06-08-2026

Hay frases que, por más improvisadas que parezcan, terminan revelando una forma de entender el mundo. No son simples exabruptos. Son ventanas abiertas hacia una concepción de sociedad. Cuando la senadora Camila Flores calificó despectivamente a Fabiola Campillai como "se le salió lo poblacional" y remató con un "señora de feria", no estaba simplemente perdiendo los estribos en una discusión política. Estaba dejando escapar un prejuicio profundamente arraigado: la idea de que existirían orígenes sociales que descalifican moral, intelectual o políticamente a una persona. Las expresiones fueron pronunciadas durante un duro enfrentamiento público entre ambas parlamentarias y generaron un amplio debate sobre su contenido clasista.


En Chile todos entendemos perfectamente el significado de esas palabras. Nadie necesita un diccionario para saber qué quiso decir.

 

"Poblacional" no fue utilizado para describir un lugar donde alguien vive. Fue usado como insulto. "Mujer de feria" tampoco pretendía reconocer el enorme esfuerzo cotidiano de miles de trabajadoras que se levantan antes del amanecer para ganarse la vida. Fue empleado para rebajar, para insinuar vulgaridad, falta de educación, inferioridad cultural.

Y ese es precisamente el problema.


Porque el clasismo rara vez se presenta diciendo su nombre. No llega anunciándose como desprecio hacia la clase trabajadora. Se disfraza de "buenas maneras", de "educación", de "nivel", de "altura". Cambia las palabras, pero conserva intacta la lógica: unos nacieron para mandar y otros para obedecer.


La discusión, entonces, deja de ser sobre Fabiola Campillai. Ella fue el blanco circunstancial. El verdadero destinatario del insulto fueron millones de chilenas y chilenos que crecieron en poblaciones, que compran en las ferias libres, que trabajan con las manos, que hablan sin la impostación de los salones acomodados y que conocen la vida desde el esfuerzo cotidiano.


Porque si "poblacional" es un insulto, entonces el insulto alcanza a buena parte del país. Si "mujer de feria" pretende degradar, entonces se está degradando a quienes alimentan diariamente a millones de familias.

No deja de ser paradójico que una parte importante de la derecha chilena haya construido durante décadas un discurso donde asegura representar a "la gente común". Se fotografían en ferias, recorren poblaciones en campaña, abrazan dirigentes vecinales y prometen escuchar a quienes "nadie escucha". Sin embargo, cuando desaparecen las cámaras y aflora la rabia, emergen expresiones que parecen confirmar que, para algunos, esas mismas personas continúan ocupando un lugar social inferior.


Las palabras nunca son inocentes, los prejuicios tampoco.


En Chile existe una larga tradición de asociar determinados barrios, formas de hablar o maneras de vestir con una supuesta falta de mérito. Es un mecanismo muy antiguo. Consiste en convertir las diferencias económicas en diferencias morales. Así, quien nació pobre deja de ser alguien que enfrentó condiciones adversas y pasa a ser presentado como menos capaz, menos preparado o menos civilizado.


Es una operación ideológica extraordinariamente eficaz.


Ya no hace falta defender privilegios de manera explícita. Basta con convencer a la sociedad de que existen personas naturalmente más aptas para ejercer el poder y otras cuya presencia resulta incómoda cuando llegan a espacios históricamente reservados para las élites.

Por eso el problema de las declaraciones de Camila Flores va mucho más allá del intercambio verbal con otra senadora.


Lo preocupante es lo que esas palabras revelan.


Revelan una concepción donde el origen social continúa funcionando como criterio para medir el valor de las personas.

Y eso resulta particularmente contradictorio cuando la propia trayectoria pública de la senadora ha estado marcada por referencias a sus orígenes humildes y al esfuerzo personal de su familia.


No hay nada reprochable en provenir de sectores populares, al contrario. Lo admirable sería mantener el vínculo con esas raíces y defender la dignidad de quienes viven una realidad semejante.


Lo incomprensible es transformar ese origen en una escalera que luego se retira para impedir que otros suban.


La historia política está llena de personajes que, una vez incorporados a las élites, terminan adoptando exactamente los mismos códigos culturales que antes los excluían. Es como si necesitaran demostrar permanentemente que ya no pertenecen al mundo del cual provienen. Entonces exageran los gestos, endurecen el discurso y terminan despreciando aquello que alguna vez dijeron representar.


No es un fenómeno exclusivamente chileno, pero aquí adquiere una fuerza particular, porque Chile ha sido una sociedad profundamente estratificada, donde incluso el lenguaje funciona como marcador de clase.


Hay acentos que generan respeto automático, otros provocan sospecha.

Hay apellidos que abren puertas, otros obligan a explicar dos veces quién se es.

Hay comunas donde vivir parece un mérito y otras donde simplemente residir se convierte en motivo de discriminación.


En ese contexto, utilizar "poblacional" como descalificación no constituye un accidente lingüístico, es la expresión condensada de una mirada sobre la sociedad.


La ironía es evidente, quienes suelen exigir respeto por todas las personas, independientemente de su condición económica, son acusados de promover la lucha de clases. Pero cuando desde sectores conservadores se utiliza el origen popular como arma ofensiva, pareciera que algunos esperan que todo quede reducido a una simple "pelea política".


No. Las palabras importan porque construyen sentido común, normalizan jerarquías, definen quién merece reconocimiento y quién debe permanecer permanentemente bajo sospecha.


Las ferias libres, por ejemplo, representan uno de los espacios económicos y sociales más importantes del país. Miles de familias viven de ellas. Son lugares donde el trabajo comienza cuando gran parte de la ciudad aún duerme. Allí no abundan los privilegios; abundan el esfuerzo, el frío de invierno, el calor del verano y jornadas interminables para sostener un hogar.


¿Qué tiene de vergonzoso ser "de feria"?. Absolutamente nada.


Del mismo modo, las poblaciones chilenas han sido el escenario donde generaciones completas levantaron sus casas, organizaron ollas comunes, construyeron juntas de vecinos, clubes deportivos, centros culturales y redes de solidaridad cuando el Estado estuvo ausente.

Llamar "poblacional" a alguien con intención ofensiva implica ignorar deliberadamente esa historia.


O peor aún, conocerla y despreciarla.


Una democracia madura no puede aceptar que el origen social funcione como categoría ofensiva.

La política debe confrontar ideas, proyectos y decisiones.

No reproducir estigmas de clase que durante décadas sirvieron para justificar desigualdades.


Porque cuando un dirigente desprecia simbólicamente a quienes viven en poblaciones o trabajan en una feria, el mensaje trasciende a la persona que recibe el insulto. Llega a millones de ciudadanos que escuchan, una vez más, que para algunos sectores todavía existen chilenos de primera y de segunda categoría.


Y quizá esa sea la lección más importante que deja este episodio.

No importa cuánto se intente vestir el clasismo con discursos sobre mérito, orden o buenas costumbres. Siempre termina apareciendo en los momentos de mayor tensión.


Porque los prejuicios pueden ensayarse, la superioridad aprendida puede moderarse durante una entrevista, pero cuando desaparece el libreto, suelen hablar las convicciones más profundas y entonces queda al descubierto una vieja verdad de la política chilena: el problema nunca ha sido que el pueblo llegue a las instituciones. El problema, para ciertos sectores, es que el pueblo llegue sin pedir permiso, con voz propia y sin aceptar que su origen sea utilizado como motivo de vergüenza.

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