China y la disputa por el significado del socialismo

Don Lalo
01-04-2026
Desde hace varias décadas, una de las afirmaciones más repetidas por los defensores del capitalismo es que China ya no sería un país socialista, sino una economía plenamente capitalista. La tesis parece simple: existen empresas privadas, millonarios, comercio internacional y participación en los mercados mundiales. Para la derecha chilena y occidental, estos elementos bastan para concluir que China habría abandonado el comunismo y terminado por abrazar el capitalismo. Sin embargo, una observación más profunda de la historia, de las relaciones de poder y de la estructura económica china demuestra que esa conclusión es, en el mejor de los casos, una simplificación grosera y, en el peor, una manipulación ideológica deliberada.
Para comprender la China actual es necesario partir por su historia. Cuando triunfa la revolución encabezada por Mao Zedong en 1949, China era uno de los países más pobres del planeta. Había sido sometida durante más de un siglo a la dominación colonial extranjera, a guerras civiles permanentes, invasiones militares y fragmentación territorial. El nuevo Estado revolucionario heredó una economía devastada, una inmensa masa campesina empobrecida y niveles de desarrollo industrial extremadamente bajos.
La revolución china no surgió para administrar el capitalismo existente, sino para destruir las estructuras económicas y políticas que mantenían al país subordinado a las potencias extranjeras. La nacionalización de sectores estratégicos, la reforma agraria, la planificación económica y la construcción de una poderosa industria estatal fueron instrumentos destinados a garantizar la soberanía nacional y sentar las bases para una futura sociedad socialista.
Tras la muerte de Mao, el liderazgo encabezado por Deng Xiaoping impulsó un proceso de reformas económicas que modificó profundamente los mecanismos de funcionamiento de la economía. Fue entonces cuando surgieron espacios para la inversión extranjera, formas limitadas de propiedad privada y una creciente participación en el comercio internacional. Desde ese momento, los críticos del socialismo comenzaron a proclamar que China había retornado al capitalismo.
Sin embargo, esta interpretación ignora una cuestión fundamental para el análisis marxista: el socialismo no se define por la inexistencia absoluta de mercados, sino por quién ejerce el poder político y quién controla las principales palancas de la economía.
En las sociedades capitalistas, el Estado se encuentra subordinado a los intereses generales de la clase propietaria. Aunque existan elecciones y diversas instituciones, las grandes decisiones económicas terminan siendo determinadas por conglomerados financieros, corporaciones privadas y grupos empresariales. El capital domina al Estado.
En China ocurre exactamente lo contrario. El Partido Comunista mantiene el monopolio del poder político y determina la orientación estratégica del desarrollo nacional. Los grandes bancos permanecen bajo control estatal. Los sectores fundamentales de la economía —energía, transporte, telecomunicaciones, infraestructura, defensa, sistema financiero y recursos estratégicos— continúan siendo dirigidos por empresas públicas o sometidos a una estricta planificación estatal.
La diferencia es decisiva. Mientras en Occidente los gobiernos suelen adaptarse a las exigencias de los mercados, en China son los mercados los que deben adaptarse a los objetivos definidos por el Estado y el Partido.
Esta realidad se manifestó con claridad en los últimos años. Cuando gigantes tecnológicos acumularon un poder excesivo, el gobierno intervino directamente para limitar su influencia. Cuando sectores inmobiliarios amenazaron la estabilidad económica, el Estado impuso restricciones y regulaciones. Cuando las prioridades nacionales exigieron acelerar determinadas industrias, enormes recursos públicos fueron movilizados para alcanzar esos objetivos. Ninguna de estas decisiones habría sido posible en una economía donde el capital privado controlara efectivamente el poder político.
Desde una perspectiva marxista, la experiencia china puede entenderse como una forma específica de construcción socialista bajo condiciones históricas particulares. No se trata de una copia del modelo soviético ni de la aplicación mecánica de fórmulas doctrinarias. Se trata de una estrategia orientada a utilizar determinados mecanismos de mercado para desarrollar las fuerzas productivas bajo conducción política comunista.
Esta idea tiene raíces profundas en la propia tradición marxista. Marx nunca sostuvo que el socialismo pudiera construirse ignorando el nivel de desarrollo económico de una sociedad. Por el contrario, consideraba indispensable crear una base material suficientemente avanzada para superar las limitaciones heredadas del capitalismo. China interpreta precisamente que el fortalecimiento de su capacidad productiva constituye una condición necesaria para avanzar hacia formas superiores de organización social.
Por supuesto, este proceso genera contradicciones. El crecimiento de sectores privados, la existencia de desigualdades sociales y la aparición de grandes fortunas son fenómenos reales. Negarlos sería absurdo. Sin embargo, la existencia de contradicciones no demuestra la restauración capitalista. Lo relevante es determinar quién posee la capacidad efectiva para dirigir el conjunto del sistema. Hasta ahora, la evidencia indica que esa capacidad continúa concentrada en el Estado socialista y en el Partido Comunista.
¿Por qué entonces existe tanta insistencia en presentar a China como una economía capitalista?
La respuesta es esencialmente ideológica. Para los defensores del neoliberalismo resulta incómodo reconocer que el mayor proceso de reducción de la pobreza de la historia humana haya sido liderado por un Estado dirigido por un partido comunista. También resulta incómodo admitir que una planificación estatal de largo plazo haya permitido convertir a un país semicolonial en una potencia científica, tecnológica e industrial capaz de disputar la hegemonía mundial a Estados Unidos.
Si China es reconocida como una experiencia socialista exitosa, se derrumba uno de los principales relatos construidos por la derecha durante las últimas décadas: la supuesta superioridad natural e inevitable del capitalismo.
Por esa razón, la derecha internacional desarrolla un discurso contradictorio. Cuando China crece aceleradamente, afirman que es porque se volvió capitalista. Cuando el Estado interviene en la economía, sostienen que se trata de una amenaza comunista. Cuando las empresas públicas lideran sectores estratégicos, lo presentan como una distorsión. Pero cuando el mercado genera problemas, atribuyen el fracaso al socialismo. La vara cambia según las necesidades de la argumentación.
En Chile esta manipulación adquiere características particularmente caricaturescas. Muchos dirigentes y comentaristas que celebran el crecimiento chino como prueba del éxito del mercado omiten mencionar que los principales bancos son estatales, que la planificación económica tiene horizontes de décadas y que el Partido Comunista mantiene el control político efectivo del país. Se quedan con aquello que sirve para su relato y silencian todo lo demás.
La discusión sobre China no es simplemente una controversia académica. Es una disputa sobre el futuro. Lo que está en juego es la posibilidad de demostrar que existen caminos distintos al neoliberalismo y que el desarrollo económico no requiere necesariamente la subordinación absoluta de la sociedad a los intereses del gran capital.
China no constituye una sociedad comunista plenamente desarrollada. Ningún dirigente chino sostiene algo semejante. Lo que afirma es estar construyendo un socialismo adaptado a sus condiciones nacionales e históricas. Se puede discutir el alcance, las limitaciones o las contradicciones de ese proyecto. Lo que no resulta serio es negar la centralidad del poder político comunista en la conducción del proceso.
Quienes reducen el debate a la mera existencia de mercados terminan confundiendo instrumentos con objetivos. Y quienes presentan a China como una prueba del triunfo definitivo del capitalismo no hacen más que revelar una profunda incomprensión de la historia, de la teoría marxista y de la realidad concreta del país más poblado del mundo.
